viernes, marzo 26, 2010

Hola, hermano

¡Hola, hermano!

¡Hola, hermano!

¿Qué es de tu existencia? ¡No sé nada de tí desde la última vez que nos vimos! ¿Cómo te va? ¿Dónde estás? ¡A mí me han pasado tantas cosas desde entonces!

Primero estuve de pruebas en España. Un rollazo. ¡Desde que me pusieron en mi sitio hasta que me dieron trabajo pasaron días enteros! ¿Qué se pensaban, que era un becario? Recuerdo aquellla primera vez como si fuese hoy mismo, aunque, como siempre, fue decepcionante. Me presionaron bastante, y dí lo mejor de mí, como si fuese a ser la última vez. Me dejé los pulmones para que me escuchase toda la calle. Al final, ¿para qué? Para que fuese símplemente un saludo a un amigo que pasaba por la acera. Qué forma de desaprovechar mi valía...

A partir de entonces, lo típico por aquellos lares: que si “desgraciado”, que si “mujer tenías que ser”... Alguna marcha atrás, como mucho.

Aquellos días fueron muy aburridos, como te digo. Me sentía totalmente minusvalorado. Menos mal que sólo eran unas pruebas... Después me destinaron a Camboya. ¡Qué cantidad de trabajo! ¡Un no parar! Que si “que llego”, que si “que adelanto”, que si “estoy llegando”, que si “te quitas o te quito”, que si “cruzo yo primero”... ¡Aquí me usan para todo! Es, digamos... un trabajo más social. Toda la comunicación entre los conductores pasa por mí. ¡Y se comunican mucho!

Los que lo tienen peor son unos de nuestros primos gemelos. Aquí no saben ni que existen. Para adelantar también nos usan a nosostros, incluso varias veces. Una para advertir que se acerca, otra cuando adelanta... Lo que te digo, los intermitentes, de adorno.

Y quien dice los intermitentes, dice los retrovisores. ¡En las motos incluso les quitan! Alguno me ha contado que le llevan en horizontal... ¡para ver si llueve!

Ahora parece que estamos mayores, y estamos en un lugar de alquiler. De vez en cuando nos coge un occidental y me hace recordar aquellos días en España en los que las bocinas sólo servimos para insultar. Pringado... La verdad es que me entra algo de morriña al recordarlo. Una vez, de la emoción, se me olvidó sonar y tuvimos un pequeño rozón. Poca cosa. Menos mal que fue con un camión, y no con uno de los muchos niños que van andando o en bicicleta. Eso sí me habría dado pena.


¿Y tú, qué tal?


Un abrazo de tu hermano, que no sabe de tí desde que salió de la fábrica.