miércoles, marzo 31, 2010

Tisana para la tristeza

Tisana para la tristeza

Perdón, Jorge (Drexler), por robarte una frase y algo más en este ejercicio de prosa barata, pero nadie como tú como semilla de una tisana para la tristeza Ójala a alguien le sacie la sed.

A veces, sin saber por qué, te invade una abrumadora, infinita, tristeza, que no te deja pensar, que no te deja sentir más que las espinas que tienes clavadas, que te hace revivir sus ojos llorosos y te parte el alma, que se adueña de tus noches... Que hace que tu corazón, anhelante, se contraiga y baje al estómago, y te lance al sofá de sudores compartidos, a la cama de fantasías recreadas. Al infierno de promesas incumplidas, realimentadas, que generan un eco creciente en tus sienes, cuyo palpitar te ensordece la realidad. Y las letras se vuelven borrosas y sólo quieres llorar.

Y miras por la ventana, y llueve.

Pero los peatones bailan, subidos a las farolas, coordinando sus movimientos en la más perfecta coreografía de brillantes paraguas, zapatos blancos de claqué en los charcos, y sombras que se alargan y contraen, haciendo que la noche no lo parezca. Y todos te miran, y sonríen, y prosiguen su canción, recitando versos aparentemente intrascendentes que rellenan con colores el vacío de tu mirada y de la suya. Al preguntarte de dónde sale la música, una banda entra por la esquina del supermercado y se suma a la fiesta, en la que la gente ha cubierto sus mojadas prendas con chubasqueros amarillos, verdes y rosas, como el que cuelga junto a tu puerta, y todos tienen tu mismo paraguas, y sabes que todos saben qué te ocurre, y que te están invitando a bajar con ellos. Bombos, trompetas y saxofones resuenan en cada ladrillo. Todos se juntan bajo tu ventana, y se unen y se separan formando floridos mosaicos, a la vez que la banda crece y sube el ritmo, hasta que finalmente todos paran y sonríen.

Te están esperando.

Cambias tu tristeza por el chubasquero, tu dolor por el paraguas, y bajas a la calle. Una pareja te coge de los brazos y te incorpora, como un miembro más del ballet, a su coreografía. La banda toca melodías que parecen compuestas por tí, y avanzáis por el asfalto, y corréis, y saltáis. Y con cada paso, con cada alegre salto, en cada charco, se suavizan las aristas de tu dolor, y tu corazón va volviendo a su lugar, y el agua alivia el molesto palpitar.

Al torcer la esquina te encuentras en un alegre Pigalle de ensueño, de vendedores ambulantes y bombillas incandescentes, de noches de absenta y mañanas de resaca, de puestas de sol de vino, queso y poesías y, desayunos de croissant en cafetería. El Moulin Rouge preside, al fondo, y todos los peatones son ahora bailarinas. Y eres consciente de que todas sus vidas son complicadas, pero que todos están armados ahora con una sonrisa. Y sabes el final de la película, pero amas la trama, y te unes a su baile, recordando escena tras escena de un guión que bien podría ser el tuyo.

Y te despiertas en tu mesa, sobre tus brazos empapados, y apagas los altavoces, y te vas a la cama canturreando y bailando.

Y sonríes.