domingo, marzo 28, 2010

Viaje a Camboya: 100326 Kampot (II)

100326 Kampot (II)

Hoy he dormido fatal. Durante toda la noche (desde las 2 hasta las 6 como mínimo) hemos tenido una tormenta muy fuerte, lluvia y viento, que sonaba como si se nos fuese a caer la casa encima. Buenom, a mí me sonaba así, Marta ni se ha enterado). Entre eso y el no haber dejado la moto a cubierto no me he podido descansar como se requiere con este ritmo, pero bueno.

Las chicas no estaban por la labor de moverse mucho hoy (quemaduras y lesiones leves varias), pero al final nos hemoss pasado toda la mañana (son las 2 menos 10 ahora mismo) sin parar. Hemos ido en moto a las afueras. En la entrada de un templo hemos estado viendo cómo unos jugaban a la petanca (exactamente igual que la nuestra). Refrigerio y más moto para llegar a un templo cercano, excavado (mejor dicho, localizado) en una cueva. Al entrar unos niños te abordan para hacerte de guía a él, pidiéndote “la voluntad” en un perfecto inglés. Les hemos preguntado que si no debían estar en el colegio, y nos han contado una milonga de que el profesor les había dicho que no fueran, porque llovía.

El templo es curioso. Es hindú en vez de budista, que es lo habitual de la zona. Unas escaleras de hormigón te llevan a la gruta en la que está el pequeño templo/altar, del siglo VII. Merece la pena, pero en mi opinión, sobre todo por el camino hasta allí, entre plantaciones y arrozales, por ver la situación de esos niños y de la zona en general. Es más o menos un cuarto de hora a través de un camino de tierra, en nuestro caso embarrado y con charcos, que la gente de la zona suele hacer en bici o andando (se veían menos motos que lo habitual). A la vuelta, mientras nos parábamos a fotografiar el punto en el que se llegan montando la vía nueva, una niña se ha caído desde la bicicleta en la que iba, más alta que ella. Ha coincidido que Laura ayer compró agua oxigenada, gasa y mercromina para sus propias heridas, y la pudo curar un poco, al menos para que no se infectase. La cara de susto de la niña era un poema.

Vuelta a Kampot, a comer en un sitio en el que los perros desaparecen día a día, a otro a por un postre y café, y vuelta a casa a hacer tiempo hasta que deje de llover, que ha vuelto a empezar.

Por la tarde vegetamos un rato en “la base” y después hicimos una fugaz visita a la pagoda de la ciudad, que tiene también un cementerio, donde vimos la versión budista de los panteones.

Por la noche, a cenar una pizza (por variar), al restaurante (pijillo) de un inglés que sin tener ni idea de pizzas se buscó los planos de un horno y unas recetas por Internet y en cosa de 6 meses se ha ganado la fama de ser la mejor pizzería de Camboya. No le reportará el Nobel de la Paz (o sí, porque según está...), pero probablemente vivirá mejor que tú y que yo toda su vida.