sábado, marzo 27, 2010

Viaje a Camboya:100324 Camino a Kampot

100324 Camino a Kampot

Me he levantado a las 5:15 de la mañana para fotografiar el amanecer (llevaba dos días poniéndolo y apagándolo, para mosqueo de la consorte, claro). Un par de fotos de larga exposición a la cabaña ha sido lo más notable. El día comenzaba cubierto (como casi todos desde que hemos llegado) y el amanecer no ha sido ni mucho menos espectacular.

He aprovechado el madrugón para conectarme a Internet por última vez desde Tailandia y me he enterado que en el curro han puesto mi foto con un marco xD. Me pregunto si pondrán ofrendas (tronquitos, nubes, café de máquina...), como aquí :P


Tras haber bajado las maletas (haciendo inútil la ducha anterior), ido hasta el pueblo y montado en una furgoneta bastante digna, ahora estamos en el ferry que nos lleva a tierra firme para ir a la frontera con Camboya. Allí nos haremos el visado y pasaremos al País de Laura. Un taxi nos llevará hasta Kampot. Esperamos estar allí para antes de la caída del sol. A ver qué tal se da. Por el momento nos vamos derritiendo de calor...


Bueno, bueno bueno =D.. Ya estamos al otro lado de la frontera, en Camboya, en el taxi camino a Kampot, tras una dura negociaciñon (bueno, 7 u 8 negociaciones realmente). Laura es la caña xD. Mmm... Eso me recuerda que no la he presentado. Si estás leyendo esto probablemente sí conoces a Marta, así que comenzaré directamente diciendo que Laura es su hermana. Es periodista (buena, muy buena, contratenla ;-) ) y está en Camboya, entre otras cosas, preparando un proyecto sobre los Jemenes Rojos y la matanza que realizaron en el país. Lleva aquí unos 7 meses ya y está aprendiendo camoyano (para negociar holgadamente, visto lo visto).

El camino ha sido... digamos... intenso =D. Hemos ido en un par de furgonetas en lo que parece una mezcla de Need for Speed y Mario Kart. En Tailandia (en Camboya debe ser todavía peor) cuando vas a adeelantar no te preguntas “¿viene alguien?”. La pregunta correcta es “¿el arcén es suficientemente amplio como para que pasemos los tres sin rozarnos demasiado?”. Hay que admitir que la carretera estaba impecable (para los estándares en los que nos movemos), pero cuando tienes a unos cien metros un todoterreno enorme maniobrando hacia el arcén para esquivar tu adelantamiento, lo pasas mal. Y sin pitar siquiera. Eso ha sido algo generalizado desde que hemos llegado. Al conducir la gente no se queja. Se asume que todo funciona con una mezcla de “la ley del más fuerte” y de “el que llega primero pasa” y en general, sorprendentemente funciona. En una semana no hemos oido un frenazo ni visto un accidente, a pesar de que la técnica para cruzar la calle sea “pongo un pie y espero que paren” (en calles del tamaño del Paseo Zorrilla), de que la gente coja los autobuses casi en marcha, o que los tuk tuks cambien de carril como si fuesen bicicletas.

Retomemos el relato de nuestro paso fronterizo.

Al bajarnos del bus te asaltan cuatro o cinco personas (y eso es poco, lo habitual es tener 7 alrededor), llamemosles “porteadores” (nos referiremos a ellos más tarde). Te cogen las maletas y las suben a un carrito. De ahí te llevan, con tres o cuatro personas siempre alrededor, preguntando, ofreciendo o pidiendo dinero por servicios que supuestamente están prestando.

El primer paso es la comprobación de que no tienes fiebre, con unas pistolas semejantes a los lectores códigos de barras de los supermercados. Tras hacerlo, el “pistolero” nos pide 20 bahn (moneda tailandesa) a cada uno, papeleta que Laura solventa rápidamente con una risotada.

En paralelo y a continuación de esto, unos nos sientan en unas mesas y nos piden el pasaporte. Yo, sinceramente, no distinguía la barrera entre lo oficial y los “servicios de valor añadido” que diríamos en jerga comercial. Resulta que en este caso era uno de estos “servicios”, que, en este momento, nos cumplimentaba los papeles del visado (requerido para pasar la frontera). También se dedicaría después a llevarnos de ventana en ventana.

El primer problema serio viene cuando, porteados por el anterior, llegamos a la ventanilla de los visados. Nos piden 1200 bahn (unos 40 dólares) por persona. Sabemos que es el doble de lo oficial, y, ademàs, se debería pagar en dólares, no en moneda tailandesa que ni siquiera tenemos. Tras discutir en la ventanilla nos meten a la oficina. Imaginad una sala de 4x5 aproximadamente, con unos seis funcionarios tailandeses con cara de infinito aburrimiento, diciendo una y otra vez la tarifa. Marta y yo, inocentes turistas, habríamos pagado e ido y ya está, como los demás, las cosas como son. Nos preguntaron si llevábamos la foto y al responder afirmativamente bajaron a 1000 (extraño). Laura, que para algo anda aquí, les amenazó incluso con llamar al ministerio xD. Inciso importante: una de las grandes lacras del país es la corrupción. La Lonely Planet incluso tiene un apartado dedicado a ello. Para que os hagáis una idea, en su primer día como motociclera, la pusieron una multa de 60$ que “negoció” hasta 2$. Ha visto cómo los conductores les tiran el dinero al suelo a los policías (literalmente).

Para evitar esto el gobierno acaba de aprobar una ley por la que si un funcionario cobra dinero que no debería, como en este caso, iría a la carcel. Laura se lo recuerda, y finalmente bajan a 25$ por cada visado (5$ más de lo que debería ser, pero bueno).

Seguimos el proceso. Nos “escanean” la cara con una webcam (logitech, por cierto, como en la comprobación de pasaportes en el aeropuerto de Tailandia), más firmas, y finalmente conseguimos el visado (que ya veía peligrar).

Mientras, Laura iba negociando cómo ir hasta Kampot. Estamos hablando de un viaje de unas dos horas y media en coche, con escasas alternativas a esta hora ya, así que la mejor es el taxi. Comenzaron en unos ciento cincuenta dólares, a lo que prosiguió una larga negociación en inglés y camboyano, amigos locales vía móvil... Al final, 70$ y aquí estamos, montados en el taxi :-)