miércoles, marzo 24, 2010

Volver a Gaea

Volver a Gaea

Una escena algo más larga que el resto escrito estos días. Parte de una imagen (que no estaba en más sitios que en mi cabeza), rompiendo la costumbre de partir de canciones o de excarbar en los recuerdos. Es curioso cómo el subconsciente acaba apareciendo siempre. ¿Estás de acuerdo con la moraleja? Yo no lo sé.

Entré a tu estudio en silencio. Tenía la llave de tu casa, y el garaje, reconvertido a sagrado lugar de trabajo, era accesible sin necesidad de hacer notar mi llegada.

Me senté en la escalera de la entrada. Al otro lado, tapando la puerta mecánica, una gran tela roja, como un telón de teatro, sucio de pintura aquí y allá. En él, colgado, tu gran lienzo. Delante de él se dibujaba tu inquieta figura, armada con el pincel y la paleta. Te veías hermosa a pesar del aspecto desaliñado y las manchas de tu ocupación. Llevabas el pelo suelto y unos pantalones cortos con una camiseta para aliviar el calor del verano. Lucías feliz. Incluso de espaldas como estabas podía percibir que estabas radiante. En el equipo de música sonaba tu banda sonora favorita, y te movías al ritmo de los violines.

Ya casi estaba completo. Dijiste que hoy sería la gran noche, la noche en la que lo acabarías. Desde donde me encontraba se veía cómo el óleo de tu pincel había creado un impresionante entorno natural sacado íntegramente de tu imaginación. En estos momentos te dedicabas a alejarte de él y pulir detalles apenas perceptibles. Una hoja aquí, un brillo allá...

Desde que te conocí me hablabas de ese mundo. De Gaea, como lo llamabas. Me contaste que en las noches de felicidad soñabas con él. Tu primer viaje fue muy de pequeña. Tu madre te acababa de contar un cuento mientras te bebías un tazón de leche caliente. Cuando cerraste los ojos apareciste en una selva tropical, de enormes palmeras, habitada por toda clase de aves de los más diversos colores. Acababa de llover y todo olía a hierba mojada y flores. El sol brillaba y dibujaba las hojas sobre tu blanca piel. Durante el desayuno, al día siguiente, se lo contaste a tus padres. Ellos mismos lo bautizaron.

Esos viajes se fueron haciendo frecuentes, y te diste cuenta de que siempre que conseguías irte a la cama con una sonrisa pasabas la noche allí. A lo largo de los años lo fuiste recorriendo por completo. Caminos, colinas, valles, ciudades, gente... Ese mundo tuyo tenía tanto detalle como el real, y cada nuevo descubrimiento era más hermoso que el anterior. Cuando te despertabas corrías a tu escritorio para ir completando el mapa que estabas confeccionando. Ahora cuelga del telón, junto al lienzo, entre otros muchos bocetos que llevabas componiendo desde niña. Algunos de los dibujos, hechos burdamente con pinturas de cera, tiene más de veinte años. Trazos inocentes pero seguros de ovejas, duendes, niños...

En él se ve la isla aproximándote a ella desde el sur, volando. En primer plano, junto a la costa, se ve el pueblo pescador de Censla. La selva lo abraza y lo empuja hacia el agua. Algunas barcas han salido a faenar, y se ve incluso algún perro correteando sobre la arena. Entre los árboles aparecen torres de templos y, a lo lejos, picos nevados de montañas imposibles. En las esquinas del cuadro, lo que parecen dos fragmentos de alas, porque para llegar a ese mundo el único medio posible es el dragón.

Nos conocimos hace siete años, y me dijiste que ese día fue cuando apareció la ciudad. La primera vez que hicimos el amor se erigió en la isla el templo de Fatt, e incluso aparecieron nuevas especies de las que no encontrabas equivalente real. Nunca dejaba de crecer.

Sin embargo, llevas cuatro años sin viajar a Gaea. Tu madre murió. Tu padre te abandonó, aunque era lo mejor que podía hacer ese alcohólico que te pegaba. Yo insistí, pero no me dejaste venir a vivir contigo. Nunca me dejaste compartir una noche entera a tu lado. Me hacías el amor y me echabas, temerosa de verme a tu lado por la mañana y darte cuenta de que no soy lo que deseas encontrarte. Años amargos, con las maletas, cargadas de ilusión, siempre preparadas.

Hace tres me invitaste a tomar una copa de vino y me dejaste entrar por primera vez en tu estudio. Acababas de comprar el inmenso lienzo en el que llevas trabajando desde entonces. El telón de la puerta ya estaba plagado, como hoy, de los dibujos y mapas. Me besaste y me dijiste que volverías a Gaea, con una sonrisa que te cubría la cara, con los ojos vidriosos y la voz temblorosa. Te emocionaste al decirme que necesitabas volver.

Lo miraste desde mi lado una última vez, ignorando mi presencia. Suspiraste aliviada, y, sobre el ala derecha del dragón rubricaste tu nombre. Se sentí honrado de poder escuchar las cerdas deslizándose por última vez sobre la tela. Te sentaste en el suelo frente a él y soltaste el pincel. Me senté junto a tí a contemplarlo.

  • Ya está. Hoy volveré a Gaea.

Me abrazaste y nos besamos. Abriste la botella que habías comprado para esa ocasión. La vaciamos mientras me explicabas cada detalle, mientras me decías cada nombre de cada persona que se veía a lo lejos, de cada ciudad, de cada playa. De las casas en las que había humo enumerabas cada miembro de la familia. De los corros de chavales, cada apodo. De las lunas y soles, la mitología completa alrededor de la que esa sociedad componía sus creencias. Estabas exultante.

Nos quitamos la ropa e hicimos el amor en el colchón que tenías en un rincón. Fue largo, intenso, cariñoso y apasionado como nunca. Horas después, exhaustos, te quedaste abrazada a mí, con una sonrisa. Por fin, no me pediste que me fuera.


Cuando abrí los ojos el sol me cegó. Me llegaron mil sensaciones, mil olores, mil sonidos. Todo era más intenso, más vívido. Un pájaro de colores se posó delante de mí y cantó, mirándome a los ojos.

Estaba en tu mundo.

Lo recorrí durante lo que parecieron horas. Anduve por la selva, acompañado por la fauna que tú misma imaginaste, hasta llegar a tu pueblo de pescadores. Me esperabas en la plaza central, sentada en la fuente, rodeada de tus amigos. Lucías un vestido blanco y te habían engalanado con una corona de flores. Me besaste, y te ví feliz. Como nunca.

Me enseñaste el pueblo y me presentaste a cada uno de tus personajes. Me contaste sus vidas, sus miedos, sus sueños. Acariciamos las aceras hasta llegar a tu casa, una pequeña cabaña en las afueras, con un huerto y un perro que te esperaba en la puerta. Dos lunas brillaban por encima de la chimenea. Un gato nos miraba desde el tejado. Entramos, y charlamos hasta quedarnos dormidos en el sofa.


Me desperto un calor insoportable.

Paredes de cemento, un colchón viejo, una botella de vino vacía. Olor a óleo. Olor a aceite quemado. Ya no estaba en Gaea. Había vuelto a tu estudio.

El lienzo ardía y tú, debajo de él, sollozabas arrodillada. Una caja de cerillas yacía desperdigada delante de tí. La pintura se deshacía, cayendo sobre tu pelo, bautizándote con los colores que formaban la esencia primigenia de tu mundo. Gritabas que no habías vuelto, que ese mundo ya no existía. Y que el mundo real no merecía la pena.

Me intenté acercar, pero era imposible. Los jirones ardiendo me impedían alcanzarte. La pintura formaba una hirviente cascada alrededor de tus piernas. Envuelta en aquel infierno, no dejabas de gritar y no podía hacer nada para evitarlo.

Callaste cuando las llamas te abrazaron al caer el rojo telón, con el lienzo, sobre ti.


Cuando todo acabó tu figura apenas se diferenciaba entre los restos de lo que una vez fue Gaea.


Aquél dia descubrí que el mundo no es un lugar para depender de los sueños. Desde entonces vago por él, vacío, sin buscar esas sensaciones que creaste para mi aquella noche, porque sólo existieron en tu imaginación.


Y tú ya no eres real.