sábado, marzo 27, 2010

We Cannot Be Friends

We Cannot Be Friends

Una breve escena de bar. El título está prestado de una preciosa canción de Aroah. Este fue uno de los primeros relatos que comencé en los días del viaje a Camboya, en el avión de Madrid a Bangkok, y uno de los últimos que publiqué. Sigo sin estar satisfecho, pero había que sacarlo para ir pensando en otros :).

Aroah sonando, recitando sus lamentos -”te llevo en mi corazón, no en mi vida”-, en los altavoces repartidos por el techo del bar. Las anaranjadas luces de las lámparas proyecytando escasas siluetas en las paredes. Los últimos hielos derritiéndose en copas vacías de quienes se resistían a dar la batalla por perdida. Fuera, frío.

Cuando la pidieron una ronda más ella se reafirmó en que no eran pareja. A ciertas horas, ya sola, el único entretenimiento que queda detrás de la barra es especular con las relaciones de la clientela. Se había convertido en una experta. “Los camareros también son psicólogos y encima dan de beber”, dice la canción. Él no quitaba atención a la escalera, nervioso. Ella buscaba su mirada sólo cuando sabía que ambas no se encontrarían. Sus manos descansaban en la barra, lo suficientemente cerca para notar el calor pero lo suficientemente ajenas como para no rozarse.

Otro ron y otro bourbon. El tercero que les sirve, cree. El número justo para poder reir por encima de la conciencia pero no para acallarla ni encadenarla hasta el día siguiente.

Primero rellenó el bourbon de él, y comprobó que la amaba en silencio. Los otros echan furtivas miradas a su escote mientras se inclina sobre las copas. Él mantuvo la vista perdida sobre su hombro, respetando la presencia de su acompañante, pero sin fijarse en la que le servía. Sus pensamientos estaban lejos de la bebida. El alcohol cubrió el segundo hielo. “Bésala, lo está deseando”, pensaba la camarera.

Cuando rellenó el ron de ella comprobó que le deseaba. Sus ojos brillantes no perdían detalle de la mirada perdida de él. Su mano se movía nerviosa, no atreviéndose a agarrar la suya. Cubrió, generosamente, el tercer hielo con el líquido ámbar, esperando que la dosis extra la animase a hacer lo que la estaba pidiendo su cuerpo. “Bésale, lo está deseando”, pensaba la camarera.

Se alejó y les observó en la distancia lo que tardó en morir la noche. Las copas fueron vaciándose, y con ellas se iban sus esperanzas de un final feliz.

Cogió dos servilletas, y en ellas escribió algo. Les llevó dos chupitos de ron usándolas de posavasos. Ambos lo bebieron, las leyeron y las guardaron en el bolsillo.

Ella fue al baño. Cuando la camarera se acercó a él con intención de hablarle, él, con infinita tristeza, la dijo “lo sé”, antes de que pudiera dirigirle la palabra.

Cuando se fueron, él se puso el abrigo y salió primero. Cuando la camarera se acercó a ella con intención de hablarla, ella, con infinita tristeza, le dijo “lo sé”, antes de que pudiera dirigirla la palabra.

La camarera cerró el bar unos minutos más tarde, y, mientras limpiaba la barra tuvo que secar amargas gotas de llanto, el suyo, ya que ellos no podían ni llorar su distancia.

Cuando salió y bajo la verja, les vio despedirse con dos besos bajo una farola. Lo que no vio fue cómo ambos, al torcer la esquina, apretaban los puños y los dientes para contener las lágrimas, y para no volver, corriendo, a esa farola, a comenzar de nuevo la noche.