viernes, abril 02, 2010

100401 Phnom Penh (I)

100401 Phnom Penh (I)

Esta ciudad es una locura. ¿Cómo explicarlo? Veamos. Ayer, en un cruce, veíamos cómo las motos se metían con toda tranquilidad por el carril en dirección contraria, estando este atestado de tráfico. Laura vio a un guardia de tráfico y le dijo que no, que las cosas no deberían ser así, y el guardia se rió. Así es Phnom Penh, y así es Camboya en general. Una ciudad y un país con un sistema, deficiente pero sistema, con normas, que no se vigilan pero ahí están, y con gente que, en general, se las apaña en esa maraña. Hay que tener en cuenta que sólo hace 40 años salía de una guerra civil de más de 30 para meterse después en la atroz dictadura de los Jemeres Rojos, genocidio incluído, que destruyó gran parte del país.

La mañana comenzó con una visita a una cafetería para expatriados junto al Palacio Real, y una fallida visita al mismo. Marta no iba con los hombros cubiertos y el truco del pañuelo esta vez no funcionó, así que nos tuvimos que ir.

Tras reunirnos de nuevo con Laura nos fuimos al Museo del Genocidio. Los Jemeres Rojos reconvirtieron un colegio de las afueras en cárcel, el “S11” (“Sistema de seguridad 11”) y lugar de torturas y asesinatos, y ahora se ha convertido en un museo para recordar por lo que ha pasado el país.

Voy a intentar resumir en pocas líneas las características del periodo de gobierno de los Jemeres Rojos, espero que Laura lea esto y me corrija los errores :-).

Camboya estuvo más de 30 años sumida en una guerra civil, que concluyó en el momento en que los Jemeres Rojos (“Khmer Rouge”, creo, apoyados, entre otros, por China, Tailandia y Estados Unidos, en plena Guerra Fría) entraron triunfantes en Phnom Penh, con el general Pot Pot a la cabeza. El objetivo de estos era instaurar un sistema comunista basado en la producción agrícola (esto es una suposición generalizada, en ningún momento fue declarado así). En el mismo momento de la entrada en la ciudad mataron a todos los militares y otros relacionados con el regimen anterior, y obligaron a la gente a marcharse de allí. Les engañaron diciendo que volverían en 20 días, cosa que nunca ocurrió. Los habitantes de las ciudades del país fueron reubicados forzosamente en el campo. El objetivo del nuevo regimen era duplicar la producción de arroz y, con él, alimentar a toda la población y, con el excedente, exportar para la compra de combustible, maquinaria y armamento, de ahí la necesidad de llevar a la gente a los campos de cultivo. Sin embargo, estos antiguos habitantes de las ciudades eran considerados “impuros”, y fueron siendo asesinados, junto con cualquier persona formada, con estudios, o que fuese considerada corrompida por el imperialismo de alguna forma. Imaginad el impacto que puede tener en la actualidad el hecho de que hace escasamente veinte años se exterminase a todos los médicos de un país.

El sistema, obviamente, fracasó. La producción de arroz fue insuficiente, y los Jemeres no dejaron de utilizarlo como moneda de cambio con el exterior, así que provocaron que gran parte de la población muriese por inanición. Se fueron realizando matanzas indiscriminadas. Se estima que los Jemeres mataron a unos 2 millones de camboyanos, aunque a pocos directamente. La mayor parte de sus asesinatos los cometieron de forma indirecta, dejándoles morir de hambre.

Finalmente fueron derrocados por Vietnam, país al que habían estado realizando incursiones ofensivas, de forma un tanto inexplicable. En la actualidad existen procesos judiciales abiertos contra ellos, con cargo de genocidio, pero los principales responsables ya han fallecido. En el museo se pueden ver las aulas reconvertidas a cárceles, con los instrumentos de tortura que utilizaron, y fotografías de los asesinados.

Comimos en un restaurante khmer (camboyano) cercano y nos fuimos al Mercado Ruso, uno de los muchos mercados de puestecillos que abundan en la ciudad. Unas pocas compras, y a la guest house a descansar un rato.

Salimos a tomar algo a un bar que bien podría ser la versión camboyana de la Ferroviaria :-). Mesas y mesas con grifos de cerveza portátiles y jarras. Interesante variar respecto a tanto lugar para expatriados, que son todos iguales. Una cerveza en uno de estos vale normalmente dólar y medio, y allí por ese dinero teníamos una jarra. Estuvimos charlando un poco con uno de allí que pretendía acabar con las existencias, de hecho, y le preguntamos un par de curiosidades a las que sólo nos respondió con brindis. Para empezar, en el bar no había chicas. Seríamos unas 80-100 personas allí, y sólo vimos una chica, y parecía ser novia de uno (y, además, duró poco allí). Le preguntamos dónde estaban las chicas de su edad, y ni nos respondió. Aunque con las nuevas generaciones esto se va corrigiendo, es bastante generalizada la visión de la mujer como la que trabaja y saca la casa adelante, y el hombre sin hacer nada, viendo la televisión en el bar. Allí prácticamente todo el personal era femenino, y la clientela, masculina.

Y en una mesa había una caja de preservativos (como una caja de servilletas, pero con condones, básicamente), y tampoco me quiso explicar porqué :-).

Tras un par de jarras de cerveza, a cenar. Ancas de rana (pollo frito), otro par de cosas, un último trago en otro bar, y a dormir.