miércoles, abril 07, 2010

Ya nadie arregla nada

Ya nadie arregla nada

El afilador hace su labor en la acera de Roma, junto las motocicletas que zumban cerca de los agudos filos de los cuchillos ya pulidos. La piedra le ha endurecido también las manos, y sumerge sus llagas en un barreño de agua salada, mientras mira el cielo y sonríe. Sin duda piensa que esta será, por fin, su última reencarnación. La pila de mellados cuchillos mira la tienda de enfrente, donde se ofrecen nuevos y brillantes por menos de lo que cobra el hombre por derramar su sangre en el barreño, que apenas le proporciona un cuenco diario de fideos. “Esta será mi última reencarnación, sin duda”, piensa, mientras se da cuenta, un día más, de que es el último afilador del país. “Este mundo ya no arregla nada”, sentencia en voz alta. Una moto acelera, pasándose el semáforo en rojo.

A las afueras de Bangkok un niño desmonta un televisor en un vertedero. Lo ha hecho tantas veces que podría componer uno nuevo cogiendo una pieza de cada modelo. Sabe que en el fondo son todos iguales, a pesar de que los ricos se dejan convencer, año tras año, de que su equipo ganará más partidos en una reluciente pantalla plana. Una bombilla se rompe al intentar desenroscarla, pero los cristales topan en callo y símplemente pasa a la siguiente pieza. Por la tarde recorrerá los talleres a probar suerte. “No todos los días pueden ser tan malos como el de ayer”, se repite, recordando que el carro volvió a casa tan lleno como salió y su madre le obligó a dormir fuera. “Ya nadie arregla nada”, le decían. Una rata corría entre la basura, buscando algo que llevarse a la boca.

En Madrid, una mujer vacía sus armarios. Su marido, con una cerveza, disfruta del futbol en su televisión plana, ignorando sus lamentos, de los que está cansado. Necesita tres maletas sólo para lo imprescindible, piensa, mientras le grita lo que piensa de los años perdidos. “Que calle ya”, es lo único que se le pasa por la cabeza. Demasiados años de reposiciones. Ella tira los cajones al suelo. Astillas en el dormitorio. Cuando sale, un taxi la espera. El vecino, que pasea al perro, la ayuda a meter su vida en el maletero. Demasiados años escuchando peleas tras las paredes como para preguntar. Ella lo sabe. Un abrazo y un beso, y deseos de felicidad al cerrar la puerta. “Ya nadie arregla nada”, piensa mientras el taxi se aleja hacia el aeropuerto. El perro ladra, y prosigue su paseo nocturno.