sábado, junio 19, 2010

Planes

Soy una persona organizada. Dentro del caos que es mi vida desde hace meses (¿años? No, quizá no tanto) hay unos cuantos oasis. No, no oasis, sino maromas al viento a las que me agarro. No son rincones idílicos, sino más bien salidas de emergencias que provocan callos en mis manos. M Mi lista de tareas pendientes y mi calendario son mis fieles escuderos, que recuerdan lo que mi memoria no alcanzan, me alienan de mi ajetreada existencia.
Mañana por la mañana tengo una entrada de resaca en la agenda, y nada puede hacer que dicha cita sea cancelada. Mis planes hoy no han salido como se esperaban, así que tengo que improvisar. Así es el carácter investigador. Horas atrás me imaginaba acompañado de fascinantes mujeres, contándonos los más impíos deseos, infinitamente pecaminosos sueños, absolutas prohibidas pretensiones, mientras destilados néctares borraban nuestras conciencias y pulían nuestras dudas. Soñaba con volver a casa con las manos manchadas del ladrillo de las paredes en las que me apoyaba, con las rodillas sucias de las aceras en las que tropecé.
Hace poco he descubierto que la teoría de que las neuronas no se regeneran es incorrecta, y, voluntarioso, dí un paso al frente para comprobarlo. Y en ello estoy. Una copa acompaña a mi pluma -de 108 teclas- mientras vomito confesiones que se traducen a unos y ceros y viajan por el mundo.
Ciertamente un gran agravio comparativo. Por más que los tecnófilos se empeñen en convencernos, las esquinas redondeadas no equiparan las curvas de las caderas, el fúnebre brillo del LCD no se acerca al cálido aliento de otra persona que te habla al oído.
Otro trago.
Tres desesperadas botellas de náufrago lanzadas en la noche de Valladolid. Ninguna ola me trajo una respuesta.
Otro trago.
Miro mi agenda. Marcado en negrita y cursiva, un día. Una fecha en la que todo cambiaría. Un momento del que no pudiese escapar, donde todo el cuento llegaría a su fin, comenzando un segundo volumen o, probablemente, siendo archivado en el armario de las hermosas historias de final amargo. Porque sólo así la pluma puede pasar a párrafos siguientes, nuevos o no, pero que hablen de alegrías.
Otro trago.
Porque hace tiempo que no soy feliz.
Trago.
No soy una buena persona. No soy el amigo ideal, ni el amante infalible, ni el hijo deseado ni el cuñado perfecto. Ni el príncipe azul con el que todas han soñado alguna vez en sus vidas. Pero no me creo tan terrible como para no merecer al menos la opción a la felicidad.
Trago.
Y, desde hace tiempo, la tengo vetada.
Trago.
En mi papelera, un folio arrugado con un perfecto guión. Tan perfecto que la historia no está escrita, sólo los diálogos. Las escenas son claras: ojos vidriosos bajo estrellas, con trenes huyendo al fondo. Manos que se esquivan. Dos únicos finales posibles, ambos hermosos, a decidir por los actores. ¿Hay algo más tautológicamente perfecto que la vida libre, que dos almas determinando su destino?
Trago.
Las teclas se derriten, su densidad se desvanece a medida que la madrugada avanza. La nitidez de mi monitor se degrada de la misma manera.
Trago.
Probablemente ese guión nunca se llegue a interpretar, y es una pena. Nunca escribí unas sentencias tan íntimas, unos interrogantes tan brevemente precisos.
Trago.
Ahora lloro, porque es mi único consuelo. Triste consuelo es tirarse contra un cojín y ahogarse en el propio llanto, pero es lo único que me queda.

Intento borrar la entrada de mañana de la agenda, pero el cursor se muestra esquivo. Igual, finalmente, no falto a mi cita.