domingo, agosto 15, 2010

Caja de herramientas

Encendí la luz de la lámpara y abrí la caja de herramientas. Ante mí, un problema que abordo con frecuencia. Hay trabajos repetitivos, como este, condenados a ser resueltos una y otra vez, pero así debe ser. Normalmente me muestro reacio a las tareas recurrentes: me gusta la automatización, me gusta obrar una única vez, bien. Pero siempre hay excepciones. Hay ocupaciones de las que no me cansaré nunca, visiones en las que siempre disfruto, sensaciones adictivas. Los años pasarán y ciertas cosas seguirán siempre igual.
Lo que no tiene excepciones en mi vida es la selección de herramientas. Siempre la más adecuada para cada tarea. Si algo no es eficaz, no lo quiero. Precisión de escalpelo. Potencia de motor Ferrari. Resistencia de diamante. No me conformo con menos. Si no sabes elegir las herramientas es síntoma de que no conoces realmente tu trabajo.
Y aptitud y aprendizaje, por supuesto. Imposible funcionar correctamente si tu cabeza no conoce los botones a pulsar o si tus dedos no alcanzan los resortes adecuados.
Una hora más tarde las herramientas volvieron a la caja de nuevo, listas para el próximo trabajo. Tu cuerpo todavía se retorcía sobre un sutil cerco de sudor en las sábanas. Sonreías. Y yo. La placentera sensación del trabajo bien hecho.

Un metro cuadrado es un metro cuadrado, y podría no verse mucho más allá. Una anodina bidimensión, espacio, vacío. Hueco, simplemente.
Pero hay metros cuadrados más importantes que otros.
El metro cuadrado en el que estoy, con mi silla, mi teclado, mi espalda encorbada por el peso sobre los hombros.
El metro cuadrado en el que estás, cuando no duermes, momento en el que se te queda pequeño y tus pies lo desbordan escapando a otros mundos.
El de las puertas, metro cuadrado que habilita los de las estancias, y que enmarca escenas en las que coinciden nuestros cuerpos y mis manos te encuentran y los vecinos te oyen.
El metro cuadrado aislado de todos los demás metros cuadrados del mundo en el que nuestros dedos se buscan.
El de las confesiones, abrazos y lágrimas.
El de los reencuentros al llegar a casa.
Los de las despedidas.
Los que tendrá nuestra casa, que valdrán como si contuviesen oro puro.
En el que me encierro con mi música.
En el que estás sobre mí.
En el que estoy detrás tuyo.
En el que no entramos pero que contiene tu cabeza sobre mi pecho, tu plácida sonrisa, parte de nuestra ropa yaciendo junto a la cama, tus uñas caminando entre mi pelo, tu respiración recuperándose, mis ojos cerrados, la lámpara apagada, el teléfono. Nuestros sueños.

martes, agosto 10, 2010

El infinito goteo

La botella de abrillantador seguía goteando. Hacía unos minutos que por un impreciso gesto con la fregona -imprecisión cada vez más frecuente- vertía su contenido sobre el suelo ante la mirada perdida de Lola. Sus arrugadas manos ya no respondían como antes, y hace tiempo que la espalda se había convertido en un inoportuno -y cada vez más madrugador- convidado durante su jornada laboral. "Tantos años limpiando suelos", se decía, "para hacerlo cada vez peor".
Se irguió, no sin dificultad, de su improvisado asiento en el tercer peldaño de la escalera del colegio. Al acercarse al cubo distrajo su mirada en la clase de primero be. Allí, como un resorte, su nieta, en primera fila, la lanzó el más tierno de los besos. Lola lo respondió con el mismo gesto y los ojos vidriosos. Tanta vida por delante... En la pizarra tenían un mapa mundi, y la señorita les explicaba dónde estaba Australia. Tan lejos que sus pequeñas mentes no eran capaces de imaginar la distancia, pero sí imaginar canguros, koalas y desiertos infinitos.
Lola vio aquella imagen y pasó de largo del cubo.
Pasó de largo de la sala de mantenimiento, y de su imberbe e impertinente responsable cuando le llamó desde el final del pasillo. No le habría costado alcanzar sus viejas piernas con su juvenil zancada, pero el muy cretino no tuvo arrestos a moverse de su confortable baldosa.
Salió de aquél colegio y al cruzar sus verjas miró al cielo y respiró.
Pocas horas después lo que inhalaba eran probablemente tóxicos vapores. En un lienzo delante suyo comenzaba a formarse la silueta de una joven y rubia nieta jugando con canguros. El teléfono sonaba. Probablemente el estúpido gerente de la empresa de limpieza que la explotó durante años. Con la seguridad de quien se ha dado tiempo para aprender cómo funciona la vida, retomó sus temblorosos firmes trazos. La sonrisa de la niña sería lo primero a perfeccionar, tan hermosa que resulta imposible replicar. Pero con la humedad de la pintura por un instante su propia sonrisa se reflejó en la de su nieta.
Y entonces se vio feliz. Un cuadro que nunca colgaría en ningún museo, de un lugar en el que nunca ha estado ni estará. Pero que hará que la niña, al menos por un momento, se sienta la niña más especial del mundo, jugando con canguros, dando de comer a koalas, y volando sobre animales que no existen.
Y mientras, la botella seguirá goteando, pero dará igual. A nadie más que a dos cretinos le perturbará su infinito repicar. El impertinente la mirará desconcertado mientras habla con el estúpido con sus móviles último modelo. Y sus cerebros seguirán derritiéndose, como el óleo fresco con el calor, pero en ellos nunca se reflejará una sonrisa.