martes, agosto 10, 2010

El infinito goteo

La botella de abrillantador seguía goteando. Hacía unos minutos que por un impreciso gesto con la fregona -imprecisión cada vez más frecuente- vertía su contenido sobre el suelo ante la mirada perdida de Lola. Sus arrugadas manos ya no respondían como antes, y hace tiempo que la espalda se había convertido en un inoportuno -y cada vez más madrugador- convidado durante su jornada laboral. "Tantos años limpiando suelos", se decía, "para hacerlo cada vez peor".
Se irguió, no sin dificultad, de su improvisado asiento en el tercer peldaño de la escalera del colegio. Al acercarse al cubo distrajo su mirada en la clase de primero be. Allí, como un resorte, su nieta, en primera fila, la lanzó el más tierno de los besos. Lola lo respondió con el mismo gesto y los ojos vidriosos. Tanta vida por delante... En la pizarra tenían un mapa mundi, y la señorita les explicaba dónde estaba Australia. Tan lejos que sus pequeñas mentes no eran capaces de imaginar la distancia, pero sí imaginar canguros, koalas y desiertos infinitos.
Lola vio aquella imagen y pasó de largo del cubo.
Pasó de largo de la sala de mantenimiento, y de su imberbe e impertinente responsable cuando le llamó desde el final del pasillo. No le habría costado alcanzar sus viejas piernas con su juvenil zancada, pero el muy cretino no tuvo arrestos a moverse de su confortable baldosa.
Salió de aquél colegio y al cruzar sus verjas miró al cielo y respiró.
Pocas horas después lo que inhalaba eran probablemente tóxicos vapores. En un lienzo delante suyo comenzaba a formarse la silueta de una joven y rubia nieta jugando con canguros. El teléfono sonaba. Probablemente el estúpido gerente de la empresa de limpieza que la explotó durante años. Con la seguridad de quien se ha dado tiempo para aprender cómo funciona la vida, retomó sus temblorosos firmes trazos. La sonrisa de la niña sería lo primero a perfeccionar, tan hermosa que resulta imposible replicar. Pero con la humedad de la pintura por un instante su propia sonrisa se reflejó en la de su nieta.
Y entonces se vio feliz. Un cuadro que nunca colgaría en ningún museo, de un lugar en el que nunca ha estado ni estará. Pero que hará que la niña, al menos por un momento, se sienta la niña más especial del mundo, jugando con canguros, dando de comer a koalas, y volando sobre animales que no existen.
Y mientras, la botella seguirá goteando, pero dará igual. A nadie más que a dos cretinos le perturbará su infinito repicar. El impertinente la mirará desconcertado mientras habla con el estúpido con sus móviles último modelo. Y sus cerebros seguirán derritiéndose, como el óleo fresco con el calor, pero en ellos nunca se reflejará una sonrisa.