domingo, agosto 15, 2010

Un metro cuadrado es un metro cuadrado, y podría no verse mucho más allá. Una anodina bidimensión, espacio, vacío. Hueco, simplemente.
Pero hay metros cuadrados más importantes que otros.
El metro cuadrado en el que estoy, con mi silla, mi teclado, mi espalda encorbada por el peso sobre los hombros.
El metro cuadrado en el que estás, cuando no duermes, momento en el que se te queda pequeño y tus pies lo desbordan escapando a otros mundos.
El de las puertas, metro cuadrado que habilita los de las estancias, y que enmarca escenas en las que coinciden nuestros cuerpos y mis manos te encuentran y los vecinos te oyen.
El metro cuadrado aislado de todos los demás metros cuadrados del mundo en el que nuestros dedos se buscan.
El de las confesiones, abrazos y lágrimas.
El de los reencuentros al llegar a casa.
Los de las despedidas.
Los que tendrá nuestra casa, que valdrán como si contuviesen oro puro.
En el que me encierro con mi música.
En el que estás sobre mí.
En el que estoy detrás tuyo.
En el que no entramos pero que contiene tu cabeza sobre mi pecho, tu plácida sonrisa, parte de nuestra ropa yaciendo junto a la cama, tus uñas caminando entre mi pelo, tu respiración recuperándose, mis ojos cerrados, la lámpara apagada, el teléfono. Nuestros sueños.